16 mar 2018

César Vallejo según Mariátegui

El poeta César Vallejo Mendoza nació un 16 de marzo de 1892 en la ciudad andina de Santiago de Chuco, al norte del Perú. Con motivo de conmemorar su vida y obra, hemos decidido publicar el artículo que José Carlos Mariátegui le dedicó en sus Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana.

En Los 7 ensayos, el amauta expone diversos elementos de análisis para las problemáticas locales, y renunciando a toda imparcialidad, interpela a las nuevas generaciones a reconceptualizar la identidad peruana, abocarse a tratar la cuestión indígena —que asume como el problema de la nación—, enfrentar a la oligarquía criolla y realizar así la nueva sociedad comunista, una acorde a las condiciones particulares del Perú.

En esta obra, polémica como pocas en Nuestra América, Mariátegui, además de abordar en detalle la evolución económica, estructura administrativa, educación pública y aspectos religiosos del Perú, analiza su problemática identitaria, enraizada profundamente en la milenaria historia indígena y el carácter agrario del país, así como también la literatura local, todo tratado rigurosamente y con la profundidad política que para el amauta merece. “El Virreinato era; el indio es”, señala, y por ello, sale a la búsqueda de las raíces indigenistas en las letras peruanas, como es el caso de César Vallejo, a quien ve como un “precursor del nuevo espíritu, de la nueva conciencia”.

Por Ignacio Andrés
América Leatina desde Abajo

César Vallejo por Pablo Picasso, 1938

César Vallejo*

El primer libro de César Vallejo, Los heraldos negros, es el orto de una nueva poesía en el Perú. No exagera, por fraterna exaltación, Antenor Orrego, cuando afirma que “a partir de este sembrador se inicia una nueva época de la libertad, de la autonomía poética, de la vernácula articulación verbal”**. Vallejo es el poeta de una estirpe, de una raza. En Vallejo se encuentra, por primera vez en nuestra literatura, sentimiento indígena virginalmente expresado. Melgar –signo larvado, frustrado– en sus yaravíes es aún un prisionero de la técnica clásica, un gregario de la retórica española. Vallejo, en cambio, logra en su poesía un estilo nuevo. El sentimiento indígena tiene en sus versos una modulación propia. Su canto es íntegramente suyo. Al poeta no le basta traer un mensaje nuevo. Necesita traer una técnica y un lenguaje nuevos también. Su arte no tolera el equívoco y artificial dualismo de la esencia y la forma. “La derogación del viejo andamiaje retórico –remarca certeramente Orrego– no era un capricho o arbitrariedad del poeta, era una necesidad vital. Cuando se comienza a comprender la obra de Vallejo, se comienza a comprender también la necesidad de una técnica renovada y distinta”***.

El sentimiento indígena es en Melgar algo que se vislumbra sólo en el fondo de sus versos; en Vallejo es algo que se ve aflorar plenamente al verso mismo cambiando su estructura. En Melgar no es sino el acento; en Vallejo es el verbo. En Melgar, en fin, no es sino queja erótica; en Vallejo es empresa metafísica. Vallejo es un creador absoluto. Los heraldos negros podía haber sido su obra única. No por eso Vallejo habría dejado de inaugurar en el proceso de nuestra literatura una nueva época. En estos versos del pórtico de Los heraldos negros principia acaso la poesía peruana. (Peruana, en el sentido de indígena).

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… Yo no sé!

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán talvez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… Pobre… pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como un charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!

Clasificado dentro de la literatura mundial, este libro, Los heraldos negros, pertenece parcialmente, por su título verbigracia, al ciclo simbolista. Pero el simbolismo es de todos los tiempos. El simbolismo, de otro lado, se presta mejor que ningún otro estilo a la interpretación del espíritu indígena. El indio, por animista y por bucólico, tiende a expresarse en símbolos e imágenes antropomórficas o campesinas. Vallejo además no es no en parte simbolista. Se encuentra en su poesía –sobre todo de la primera manera– elementos de simbolismo, tal como se encuentra elementos de expresionismo, de dadaísmo y de suprarrealismo. El valor sustantivo de Vallejo es el creador. Su técnica está en continua elaboración. El procedimiento, en su arte, corresponde a un estado de ánimo. Cuando Vallejo en sus comienzos toma en préstamo, por ejemplo, su método a Herrera y Reissig, lo adapta a su personal lirismo.

Mas lo fundamental, lo característico en su arte es la nota india. Hay en Vallejo un americanismo genuino y esencial; no un americanismo descriptivo o localista. Vallejo no recurre al folklore. La palabra quechua, el giro vernáculo no se injertan artificiosamente en su lenguaje; son en él producto espontáneo, célula propia, elemento orgánico. Se podría decir que Vallejo no elige sus vocablos. Su autoctonismo no es deliberado. Vallejo no se hunde en la tradición, no se interna en la historia, para extraer de su oscuro substractum perdidas emociones. Su poesía y su lenguaje emanan de su carne y su ánima. Su mensaje está en él. El sentimiento indígena obra en su arte quizá sin que él lo sepa ni lo quiera.

Uno de los rasgos más netos y claros del indigenismo de Vallejo me parece su frecuente actitud de nostalgia. Valcárcel, a quien debemos tal vez la más cabal interpretación del alma autóctona, dice que la tristeza del indio no es sino nostalgia. Y bien, Vallejo es acendradamente nostálgico. Tiene la ternura de la evocación. Pero la evocación en Vallejo es siempre subjetiva. No se debe confundir su nostalgia concebida con tanta pureza lírica con la nostalgia literaria de los pasadistas. Vallejo es nostalgioso, pero no meramente retrospectivo. No añora el Imperio como el pasadismo perricholesco añora el Virreinato. Su nostalgia es una protesta sentimental o una protesta metafísica. Nostalgia de exilio; nostalgia de ausencia.

Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce Rita
de junco y capulí;
ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita
la sangre, como flojo cognac, dentro de mí.

(“Idilio muerto”, Los heraldos negros)

Hermano, hoy estoy en el poyo de la casa,
donde nos haces una falta sin fondo!
Me acuerdo que jugábamos esta hora, y que mamá
nos acariciaba: “Pero hijos…”

(“A mi hermano Miguel”, Los heraldos negros)

He almorzado solo ahora, y no he tenido
madre, ni súplica, ni sírvete, ni agua,
ni padre que en el facundo ofertorio
de los choclos, pregunte para su tardanza
de imagen, por los broches mayores del sonido.

(XXVIII, Trilce)

Se acabó el extraño, con quien, tarde
la noche, regresabas parla y parla.
Ya no habrá quien me aguarde,
dispuesto mi lugar, bueno lo malo.
Se acabó la calurosa tarde;
tu gran bahía y tu clamor; la charla
con tu madre acabada
que nos brindaba un té lleno de tarde.

(XXXIV, Trilce)

Otras veces Vallejo presiente o predice la nostalgia que vendrá:

Ausente! La mañana en que a la playa
del mar de sombra y del callado imperio,
como un pájaro lúgubre me vaya,
será el blanco panteón tu cautiverio.

(“Ausente”, Los heraldos negros)

Verano, ya me voy. Y me dan pena
las manitas sumisas de tus tardes.
Llegas devotamente; llegas viejo;
y ya no encontrarás en mi alma a nadie.

(“Verano”, Los heraldos negros)

Vallejo interpreta a la raza en un instante en que todas sus nostalgias, punzadas por un dolor de tres siglos, se exacerban. Pero –y en esto se identifica también un rasgo del alma india–, sus recuerdos están llenos de esa dulzura de maíz tierno que Vallejo gusta melancólicamente cuando nos habla del “facundo ofertorio de los choclos”.

César Vallejo por Pablo Picasso

Vallejo tiene en su poesía el pesimismo del indio. Su hesitación, su pregunta, su inquietud, se resuelven escépticamente en un “¡para qué!”. En este pesimismo se encuentra siempre un fondo de piedad humana. No hay en él nada de satánico ni de morboso. Es el pesimismo de un ánima que sufre y expía “la pena de los hombres” como dice Pierre Hamp. Carece este pesimismo de todo origen literario. No traduce una romántica desesperanza de adolescente turbado por la voz de Leopardi o de Schopenhauer. Resume la experiencia filosófica, condensa la actitud espiritual de una raza, de un pueblo. No se le busque parentesco ni afinidad con el nihilismo o el escepticismo intelectualista de Occidente. El pesimismo de Vallejo, como el pesimismo del indio, no es un concepto sino un sentimiento. Tiene una vaga trama de fatalismo oriental que lo aproxima, más bien, al pesimismo cristiano y místico de los eslavos. Pero no se confunde nunca con esa neurastenia angustiada que conduce al suicidio a los lunáticos personajes de Andreiev y Arzibachev. Se podría decir que así como no es un concepto, tampoco es una neurosis.

Este pesimismo se presenta lleno de ternura y caridad. Y es que no lo engendra un egocentrismo, un narcisismo, desencantados y exasperados, como en casi todos los casos del ciclo romántico. Vallejo siente todo el dolor humano. Su pena no es personal. Su alma “está triste hasta la muerte” de la tristeza de todos los hombres. Y de la tristeza de Dios. Porque para el poeta no sólo existe la pena de los hombres. En estos versos nos habla de la pena de Dios:

Siento a Dios que camina
tan en mí, con la tarde y con el mar.
Con él nos vamos juntos. Anochece.
Con él anochecemos. Orfandad…

Pero yo siento a Dios. Y hasta parece
que él me dicta no sé qué buen color.
Como un hospitalario, es bueno y triste;
mustia un dulce desdén de enamorado:
debe dolerle mucho el corazón.

Oh, Dios mío, recién a ti me llego,
hoy que amo tanto en esta tarde; hoy
que en la falsa balanza de unos senos,
miro y lloro una frágil Creación.

Y tú, cuál llorarás… tú, enamorado
de tanto enorme seno girador…
Yo te consagro Dios, porque amas tanto;
porque jamás sonríes; porque siempre
debe dolerte mucho el corazón.

Otros versos de Vallejo niegan esta intuición de la divinidad. En “Los dados eternos” el poeta se dirige a Dios con amargura rencorosa. “Tú que estuviste siempre bien, no sientes nada de tu creación”. Pero el verdadero sentimiento del poeta, hecho siempre de piedad y de amor, no es éste. Cuando su lirismo, exento de toda coerción racionalista, fluye libre y generosamente, se expresa en versos como éstos, los primeros que hace diez años me revelaron el genio de Vallejo:

El suertero que grita “La de a mil”
contiene no sé qué fondo de Dios.

Pasan todos los labios. El hastío
despunta en una arruga su yanó.
Pasa el suertero que atesora, acaso
nominal, como Dios,
entre panes tantálicos, humana
impotencia de amor.

Yo le miro al andrajo. Y él pudiera
darnos el corazón;
pero la suerte aquella que en sus manos
aporta, pregonando en alta voz,
como un pájaro cruel, irá a parar
adonde no lo sabe ni lo quiere
este bohemio dios.

Y digo en este viernes tibio que anda
a cuestas bajo el sol:
¡por qué se habrá vestido de suertero
la voluntad de Dios!

“El poeta –escribe Orrego– habla individualmente, particulariza el lenguaje, pero piensa, siente y ama universalmente”. Este gran lírico, este gran subjetivo, se comporta como un intérprete del universo, de la humanidad. Nada recuerda en su poesía la queja egolátrica y narcisista del romanticismo. El romanticismo del siglo XIX fue esencialmente individualista; el romanticismo del novecientos es, en cambio, espontánea y lógicamente socialista, unanimista. Vallejo, desde este punto de vista, no sólo pertenece a su raza, pertenece también a su siglo, a su evo****.

César Vallejo por Pablo Picasso, 1938

Es tanta su piedad humana que a veces se siente responsable de una parte del dolor de los hombres. Y entonces se acusa a sí mismo. Lo asalta el temor, la congoja de estar también él, robando a los demás:

Todos mis huesos son ajenos;
yo talvez los robé!
Yo vine a darme lo que acaso estuvo
asignado para otro;
y pienso que, si no hubiera nacido,
otro pobre tomara este café!
Yo soy un mal ladrón… A dónde iré!

Y en esta hora fría, en que la tierra
trasciende a polvo humano y es tan triste,
quisiera yo tocar todas las puertas,
y suplicar a no sé quién, perdón,
y hacerle pedacitos de pan fresco
aquí, en el horno de mi corazón…!

La poesía de Los heraldos negros es así siempre. El alma de Vallejo se da entera al sufrimiento de los pobres. Arriero, vas fabulosamente vidriado de sudor. La Hacienda Menocucho cobra mil sinsabores diarios por la vida.

Este arte señala el nacimiento de una nueva sensibilidad. Es un arte nuevo, un arte rebelde, que rompe con la tradición cortesana de una literatura de bufones y lacayos. Este lenguaje es el de un poeta y un hombre. El gran poeta de Los heraldos negros y de Trilce –ese gran poeta que ha pasado ignorado y desconocido por las calles de Lima tan propicias y rendidas a los laureles de los juglares de feria– se presenta, en su arte, como un precursor del nuevo espíritu, de la nueva conciencia.

Vallejo, en su poesía, es siempre un alma ávida de infinito, sedienta deverdad. La creación en él es, al mismo tiempo, inefablemente dolorosa y exultante. Este artista no aspira sino a expresarse pura e inocentemente. Se despoja, por eso, de todo ornamento retórico, se desviste de toda vanidad literaria. Llega a la más austera, a la más humilde, a la más orgullosa sencillez en la forma. Es un místico de la pobreza que se descalza para que sus pies conozcan desnudos la dureza y la crueldad de su camino. He aquí lo que escribe a Antenor Orrego después de haber publicado Trilce: “Ellibro ha nacido en el mayor vacío. Soy responsable de él. Asumo toda la responsabilidad de su estética. Hoy, y más que nunca quizás, siento gravitar sobre mí, una hasta ahora desconocida obligación sacratísima, de hombre y de artista: ¡la de ser libre! Si no he de ser hoy libre, no lo seré jamás. Siento que gana el arco de mi frente su más imperativa fuerza de heroicidad. Me doy en la forma más libre que puedo y ésta es mi mayor cosecha artística. ¡Dios sabe hasta dónde es cierta y verdadera mi libertad! ¡Dios sabe cuánto he sufrido para que el ritmo no traspasara esa libertad y cayera en libertinaje! ¡Dios sabe hasta qué bordes espeluznantes me he asomado, colmado de miedo, temeroso de que todo se vaya a morir a fondo para que mi pobre ánima viva!”. Este es inconfundiblemente el acento de un verdadero creador, de un auténtico artista. La confesión de su sufrimiento es la mejor prueba de su grandeza.

José Carlos Mariátegui, 1928.

Notas

* Artículo aparecido como “XIV. César Vallejo” en distintas ediciones de Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana. Para la transcripción del mismo nos hemos valido de dos ediciones. Por una parte, de una versión física publicada por Editorial Quimantú (Chile) en el 2008, y por otra, de una versión virtual, a cargo de la Fundación Biblioteca Ayacucho (Perú) y disponible en resistir.info/livros/mariategui_7_ensayos.pdf . Las notas adjuntas pertenecen a la segunda.

** Antenor Orrego, Panoramas, ensayo sobre César Vallejo.

*** Orrego, op. cit.

****  Jorge Basadre juzga que en Trilce, Vallejo emplea una nueva técnica, pero que sus motivos continúan siendo románticos. Pero la más alquitarada “nueva poesía”, en la medida en que extrema su subjetivismo, también es romántica, como observo a propósito de Hidalgo. En Vallejo hay, ciertamente, mucho de viejo romanticismo y decadentismo hasta Trilce, pero el mérito de su poesía se valora por los grados en que supera y trasciende esos residuos. Además, convendría entenderse previamente sobre el término romanticismo.

30 ene 2018

La aurora del veintiséis de enero

El sábado pasado, en la plaza ubicada en la intersección entre Avenida La Bandera y calle Sargento Candelaria, se celebró la conmemoración del 48° aniversario de la toma “26 de enero”, primer nombre del campamento que derivaría en la actual Población La Bandera.

Fotografía: Karynn Cabrera Rosales

Un 26 de enero de 1969, a las 3 de la madrugada y con consignas tales como “casa o muerte”, alrededor de 300 familias —a las que poco a poco se sumarían más— realizaron la ocupación del Fundo La Bandera, constituyendo lo que en un principio se denominó el “Campamento 26 de Enero” y más tarde la “Población La Bandera”. Este suceso marcó un punto de inflexión para otras ocupaciones de terreno que se desarrollaban en Santiago en aquel entonces, logrando generar instancias de coordinación entre las mismas, como lo fue el “Congreso Provincial de Pobladores” en 1970. Es así como en el origen de esta Población se correlaciona el problema de la vivienda, la ascendente movilización social y la colaboración del Movimiento de Izquierda Revolucionaria o MIR*.

Acerca de la conmemoración del 48° aniversario de la toma “26 de enero”

La jornada comenzó al caer la tarde, tras los preparativos llevados a cabo principalmente por los Talleres Libres Veintiséis de Enero, con un pasacalle en donde participaron la comparsa “La Sin Nombre”, la batucada “Bombanda”, los zanquistas de “Pensamiento Rebelde” y la agrupación “Chikitinkus”.

A continuación tuvo lugar la presentación en escenario de los distintos talleres impartidos. Fue el caso del taller de cuentacuentos, de teatro y de defensa personal. En paralelo, fueron exhibidos los trabajos del taller de arte, de xilografía y telar, cuyo montaje fue distribuido por la plaza. En el caso del taller de huerto, fueron entregadas semillas a modo de reconocimiento para sus participantes. Aparte, lo aprendido en el taller de tinku fue manifestado en el pasacalle previo.

Más tarde fue el momento de la música, a cargo de Abraham, quien tocó trova con un repertorio propio. En simultáneo fue pintado un mural a cargo de Camilo Aguirre y otros compañeros, dedicado a la agrupación “Chikitinkus”.

Por otro lado, la misma jornada valió para el lanzamiento del libro “El árbol” de María Luisa Bombal Anthes (1910 - 1980), cuento escrito en el 1939, impreso para la ocasión y editado por Colectiva Púrpura. El mismo caso para “Sororidad”, una serie de ensayos sobre sororidad, con relatos y testimonios sobre la misma, así como también del fanzine de “Maracas insumisas” que abarca el estereotipo de la femineidad y lo bello, instrumental al patriarcado. En el mismo stand de Colectiva Púrpura se contó con medicina y cosmética natural vegana.

Para el cierre fue dejada la proyección de los documentales “La toma de La Bandera” (2014), acompañado del estreno de “Recogiendo memoria”, producidos por los Talleres Libres Veintiséis de Enero y todavía en proceso de edición.

El primero revela la historia de la toma, remitiéndose a los tiempos en que el sector era un fundo, la organización para la toma, la resistencia al desalojo. Proceso representado por un elenco infantil, compuesto principalmente por niñas. Una crítica implícita, cuando no explícita, a una historia en la que sobresalen los dirigentes —que no perduran en el posterior desarrollo de la Población—, y que oculta el desarrollo político cotidiano, sostenido en el hogar y conducido principalmente por pobladoras.

Lo anterior es fundamental a la hora de abarcar el devenir de la población durante la dictadura, así como desde la transición pactada hasta el presente. Algo que abarca el documental que se mostró a continuación, donde se recogen testimonios de organización en el período dictatorial —que en ciertos casos prefiguraban una sociedad nueva desde la misma organización barrial—, y que al mismo tiempo, expone los nada extraños casos de violencia doméstica, frente a los cuales fueron constituidos incipientes órganos de autodefensa femenina, según detallan algunos relatos.

No menos relevante es señalar que el pasacalle —así como el carácter de la jornada misma— fue dedicado a las pobladoras, que explotadas y oprimidas, mantienen la organización territorial. En virtud de ello, fue citado al comienzo de la actividad el caso de Lorenza Cayuhan Llebul, mujer mapuche quien el 17 de octubre de 2016 fue obligada a parir engrillada y frente a la presencia de un gendarme hombre, en la Clínica de la Mujer del Sanatorio Alemán de Concepción**, así como también el caso de Joane Florvil, quien murió el 30 de septiembre del 2017, tras un mes de hospitalización en la Posta Central, por golpes supuestamente autoinfringidos —los que en realidad fueron propinados por carabineros según se constató más tarde***—  luego de haber sido acusada de abandonar a su hija de dos meses de edad. Más tarde quedaría establecida la inocencia de Joane, quien murió sin volver a ver a su hija****.

Como resultado, la conmemoración, lejos de ser un evento nostálgico, formal o de acento patrimonial, fue una denuncia de la violencia sistemática hacia las Poblaciones por parte del Estado, con especial ensañamiento hacia  las mujeres y niños, así como también de la violencia en el hogar, muchas veces omitida, tanto como el importante rol de las pobladoras en el pasado y presente de la organización territorial.

Pero además, a partir de todo lo anteriormente expuesto, entramos en cuenta de que tales problemáticas —enraizadas en lo más profundo de nuestra sociedad—, lejos de suponer un impedimento para el encuentro entre vecinas y vecinos, lo fomentan, y que La Bandera, además de ser un territorio de digna memoria, es una comunidad rebosante de  (auto) organización, donde la lucha, la sencillez y el afecto van de la mano y perduran todavía, desde aquella madrugada de 1969, en el alma de la Población.

Por Ignacio Andrés
América Leatina desde Abajo

Notas

* Para una breve revisión del origen de la Población recomendamos dos artículos, de distinto origen y énfasis contrapuesto. En primer lugar, “No éramos del MIR los pobladores, nosotros estábamos por una necesidad que era la vivienda: Los pobladores del campamento Nueva La Habana y el MIR, 1970-1973”, disponible en http://ediciones.ucsh.cl/ojs/index.php?journal=RHyG&page=article&op=viewFile&path%5B%5D=1202&path%5B%5D=973. En segundo lugar, “Historia de la toma de la Bandera (La 26 de Enero)” a cargo del Colectivo Miguel Enríquez, disponible en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=11483.

** “Querellas y manifestación por caso de mujer mapuche obligada a partir engrillada y con presencia de gendarmes hombres”, disponible en http://www.mapuexpress.org/?p=12201.

*** “Director de la Posta Central declara que Joane Florvil habría sido golpeada en la comisaría”, disponible en http://www.24horas.cl/nacional/director-de-la-posta-central-declara-que-joane-florvil-habria-sido-golpeada-en-la-comisaria-2545581.

**** “El mes de injusticia que apagó la vida de la haitiana Joane Florvil en Chile”, disponible en http://www.eldesconcierto.cl/2017/10/06/el-mes-de-injusticia-que-apago-la-vida-de-la-haitiana-joane-florvil-en-chile/.

5 ene 2018

La memoria como construcción comunitaria

Remembranzas en vísperas de año nuevo

Hablar de Maipú implica referirse a una comuna que la historia oficial nos pinta colmada de hazañas militares, pero que borra la pobreza y la prepotencia de los de arriba, olvidando la organización de los trabajadores del campo y la ciudad, las tomas de terreno, las villas conformadas alrededor de enormes empresas, los pequeños acontecimientos y las grandes personas que hacen de las poblaciones, lugares de aprendizaje solidario*.


El sábado 30 de diciembre se realizó una muestra fotográfica** en el Parque Pelantaro, ubicado en la Villa Lousiana, Maipú. Fue levantada desde el esfuerzo propio de vecinas y vecinos, aquellas grandes personas según lo mencionado arriba, quienes se atrevieron a realizarla en vísperas de año nuevo. Contra todo pronóstico, la emotiva actividad tuvo una alta concurrencia, desarrollándose con una impronta demostrativa del compromiso colectivo adquirido.

Originalmente, la idea venía rondando hace más o menos dos años. Fue en el hogar de Marisol, pobladora de Villa Lousiana, donde se determinó una fecha y hora para su concreción. Sabido era que los encuentros vecinales solían realizarse mayoritariamente con motivo de algún velorio. A partir de esto, era inevitable preguntarse porque no se manifestaba  la preocupación y el amor, o se rendían los justos homenajes, en vida. Es en medio de esta reflexión que surge la propuesta de recopilar aquellas fotografías guardadas en álbumes, que más que atesorar retratos familiares, revelaban en algunos casos el dilatado devenir de la comunidad.

Se compilaron 119 fotografías, las que fueron proyectadas en el parque de forma abierta, desde y para la comunidad, abriéndose las puertas de cada hogar, reuniendo a distintas familias, decorando la plaza y haciendo ocupación efectiva de ésta. Asimismo, los aportes para la merienda sobraron. Cabe destacar que fue puesto un lienzo con las siguientes palabras: “memoria”, “trabajo”, “amistad”, “familia”, “diálogo”, “comunidad” y “población”. Tales términos no podrían haber sintetizado mejor el carácter de la instancia acontecida.


De acuerdo con Roland Barthes, una de las particularidades de la fotografía es que ésta reproduce al infinito lo que únicamente ha tenido lugar una sola vez***. En esta ocasión fueron momentos en familia, comilonas, paseos, “pichangas”, navidades, licenciaturas, primeras comuniones y actividades comunitarias, entre otras. Contingencias todas que nunca más podrán repetirse existencialmente, pero que al ser expuestas públicamente, sirvieron para congregar a toda una comunidad en torno a un ejercicio colectivo de memoria, provocando en ésta diversas reacciones, desde constantes risas ante los aspectos infantiles o actitudes que al pasar de los años parecían seguir vigentes, hasta aplausos para quienes ya no se encontraban en vida, pero que se mantenían en los recuerdos de quienes les habían visto crecer. 

Para el historiador Sebastián Leiva —quien realizó un Taller de historia local durante el Concurso de Historias Locales “Cuéntanos tu Batalla. Historia, vivencia, recuerdo”, organizado hace algunos años en el sector—, iniciativas como éstas constituyen toda una hazaña, en particular si se consideran los tiempos que corren. A saber, la construcción colectiva tiene un valor en sí mismo, porque ayuda a reagrupar, reanimar y proyectar, aportando frescura a una atmósfera social impregnada de individualismo****.

A partir de esta emocionante jornada y tomando en cuenta lo señalado por Leiva, resulta casi imposible no preguntarse, para quienes nos organizamos, si acaso sabemos siquiera los nombres de quienes han vivido al lado nuestro por tantos años; si promovemos en nuestro barrio encuentros por fuera de los márgenes académicos, organizacionales o por separado de alguna reivindicación política eventual, o yendo un poco más allá, si lo generamos de manera colectiva; si al menos, de vez en cuando demostramos afecto, preocupación u “homenajeamos” merecidamente en vida a quienes acarrean toda una vida de trabajo.

Finalmente, es importante considerar que la Villa Lousiana ha despedido el año con esta muestra fotográfica luego de haber sido parte de otras jornadas, tales como el “Yo me libro cultivando resistencias”, realizado durante mayo, en la 13ª versión de esta feria popular y autogestionada que agrupó a diversos colectivos, vinculados principalmente al ámbito editorial, la cultura y la organización popular, o la “Jornada por la Memoria: Cultivando Resistencias”, que contó por entre otras cosas, con una cicletada que recorrió cinco puntos memoriales de caídos en dictadura, en donde se plantó un árbol e instaló un memorial por Macarena Valdés, además de llevarse a cabo un conversatorio en el Centro Cultural Rayen, ubicado a pasos del Parque Pelantaro.

Todo lo anterior da cuenta de una comunidad que se autorreconoce como tal, y por tanto se valora; que se demuestra viva, cuidando la memoria de su territorio y, análogamente, de las generaciones que la conformaron; que abraza a quienes recién llegan, pero que identificándose con el espacio, heredan su porvenir.

Por Ignacio Andrés

Notas

* Tomado de la presentación de Maipú, las otras batallas, en su segunda edición a cargo de Editorial Quimantú. Un libro que reúne los relatos ganadores del Concurso de Historias Locales “Cuéntanos tu Batalla. Historia, vivencia, recuerdo”, organizado por el Centro Cultural Rayen.

** Las fotografías puestas en el artículo corresponden a parte de la selección realizada para la muestra.  

*** La cámara Lúcida. Nota sobre la fotografía. Ediciones Paidós Ibérica, 1990.

**** Maipú, las otras Batallas. Segunda edición a cargo de Editorial Quimantú, 2016.